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sábado, 6 de febrero de 2016

HÁBLAME DE LA LLUVIA


El poemario de María Monjas, Háblame de la lluvia, es de esos libros que aparecen entre las estanterías de una librería del centro y uno no puede desprenderse de ellos así como así. Sus poemas hablan de un amor sencillo, de un estar en la vida sencillamente, de la crítica social, del 15M, de la ciudad o del miedo. Su obra entra por los ojos, pero se queda guardada en el corazón. 

Rescatamos del poemario un poema homónimo: "Háblame de la lluvia". El agua de lluvia es una fuente de vida, de alegría, pero cuando cae toda de golpe, nos vuelve a entrar el miedo, y abrimos los paraguas. Una reflexión fantástica sobre nuestras propias limitaciones, los miedos autoimpuestos y las cadenas que a veces nos atan.



Háblame de la lluvia

Las gotas de lluvia son de una fragilidad infinita;
surcan senderos de lágrimas en las ventanas,
peinan los pétalos de las flores rojas,
inundan los mares.

Si pruebas a mirar al cielo
te besan los ojos;
corretean sensuales por tu cuello,
salpican de sueños tus pestañas.

Las gotas de lluvia son como las notas de un adagio;
pedalean tus calles y tus puentes,
empapan tus estancias de tristes alegrías,
deshabitan de recuerdos el olvido.

Los días de lluvia son de una belleza admirable;
pero al final, no sé por qué,
nos vuelve a entrar el miedo
y abrimos los paraguas.



María Monjas (1974) es una autora vallisoletana que escribe desde el feminismo como convicción vital y social. Ha investigado sobre la influencia de las lecturas adolescentes en los estereotipos de género; ha realizado labores de voluntariado con mujeres; ha viajado a Bolivia donde ha sido testigo de la situación de las mujeres de la calle y, en la actualidad, colabora con Amnistía Internacional por los derechos humanos de las mujeres. María es, además, una mujer lúcida, libre y vital. Poder escucharla leer su poesía o hablar de ella es uno de los placeres mayores que uno puede darse el lujo de tener.


"A veces vuelo un poco", Eva Armisén.

sábado, 30 de enero de 2016

ESTA TARDE

Hace unas semanas fuimos al cine a ver la película Sufragistas y, aunque ya sabíamos de la lucha de las mujeres por conseguir el derecho al voto a principios del siglo XX, nos impactaron las imágenes de la terrible exclusión social a la que el desprecio de los hombres las condenaba. Pena y rabia. Y a veces, puños cerrados ante el dolor que causa la ignorancia cuando tiene el poder. Porque aunque las mujeres voten y se las considere liberadas y no tengan ya que pedir permiso para respirar, como hasta hace no demasiado tiempo, esa ignorancia prepotente sigue viva allá donde no ha llegado la educación ni la sensibilidad para aprender convivencia y respeto. 

Nos imaginamos cómo debía de ser para una mujer escribir poesía. Escribir poesía en serio, como quien no quiere ni puede hacer otra cosa. No como un adorno femenino ni como un maquillaje social. Escribir poesía como la escribían los hombres. Desde dentro. A jirones. A dentelladas, ignorando la herida. O bien metiendo el dedo en llagas ajenas, en la llaga de ser mujer y que no te miren, porque tu sexo rebaja la altura de tus palabras en los ojos de los que te leen. La llaga de los hombres pequeñitos, que quieren puras a sus mujeres y las enjaulan sin entender nada ni saber dar nada. Hombres minúsculos cuya ceguera los convierte en invisibles. 

Nos imaginamos cómo debía de ser la vida de Alfonsina Storni, después de sufrir a los hombres pequeñitos y de escapar de sus jaulas. Quizá inclinaba la cabeza en tardes blandas y soñaba con otros amores, hombres divinos que hubieran vivido mujeres infinitas, que supieran del aire libre de barrotes y que la apreciaran libre, libre y embellecida de un amor igualitario. 


ESTA TARDE

Ahora quiero amar algo lejano... 
Algún hombre divino 
que sea como un ave por lo dulce, 
que haya habido mujeres infinitas 
y sepa de otras tierras, y florezca 
la palabra en sus labios, perfumada: 
suerte de selva virgen bajo el viento... 

Y quiero amarlo ahora. Está la tarde 
blanda y tranquila como espeso musgo, 
tiembla mi boca y mis dedos finos, 
se deshacen mis trenzas poco a poco. 

Siento un vago rumor... Toda la tierra 
está cantando dulcemente... Lejos 
los bosques se han cargado de corolas, 
desbordan los arroyos de sus cauces 
y las aguas se filtran en la tierra 
así como mis ojos en los ojos 
que estoy soñando embelesada... 

       Pero 
ya está bajando el sol de los montes, 
las aves se acurrucan en sus nidos, 
la tarde ha de morir y él está lejos... 
Lejos como este sol que para nunca 
se marcha y me abandona, con las manos 
hundidas en las trenzas, con la boca 
húmeda y temblorosa, con el alma 
sutilizada, ardida en la esperanza 
de este amor infinito que me vuelve 
dulce y hermosa...


Alfonsina Storni (1892-1938), maestra, actriz y poeta argentina, quiso amar y vivir en libertad. Obtuvo reconocimiento por su poesía en vida e influyó sobremanera en los poetas latinoamericanos del siglo XX. Se embarcó en la lucha por la igualdad de género, y a menudo salió vencida por los prejuicios y la estupidez de la época. Cayó enferma y acabó adentrándose en el mar para quitarse la vida, tres años antes de que Virginia Woolf, al otro lado del océano, también escritora, también modernista, también feminista, hiciera lo mismo en el río Ouse. 

Muchacha en la ventana (1925), Salvador Dalí (1904-1989)



sábado, 23 de enero de 2016

LA CASA DE LA LLAVE

Nos gustan las imágenes, los símbolos y las metáforas. Por eso, nos enganchamos a la idea del iceberg en este sábado de enero. Porque hoy recitamos dos poemas escritos desde la sensibilidad de quien trabaja con mujeres, pero no con mujeres cualesquiera, sino con esa parte de mujeres del ochenta por ciento sumergido del iceberg, las invisibilizadas, de las que no conocemos apenas nada porque no han muerto, porque sus asesinos no las han traído a la palestra minutos antes de suicidarse. 

Las mujeres de La casa de la llave pertenecen a ese porcentaje enorme de mujeres que día a día libran una batalla contra aquellos a quienes un día amaron y que dijeron amarlas; son mujeres de todas las edades, procedencias y fortalezas variables. Son invisibles excepto para los ojos de quienes están atentos, como los de Mada. Por eso, este sábado, para visibilizar y hacer emerger esa parte inmensa del iceberg, dos poemas de una amiga:



En pijama
con ojeras
ha tenido pesadillas
ha oído voces toda la noche
no puede desayunar
mira el reloj a cada momento
vaga por los pasillos
busca alguien con quien hablar
para repetirle otra vez más
lo que ya todas sabemos
que mañana tiene juicio
se decide la custodia
con quién vivirá su niña
es que puede que vaya él
es que puede que me vea
es que no quiero que me vea llorar
es que puede que no lo aguante

claro que lo aguantarás
dicen las otras
míranos
nosotras lo aguantamos
ve allí
di lo que tengas que decir
y vuelve pronto 

*        *        *

Si no fuera por mis hijos
qué hago yo en este mundo
ahora mismo me tiraría por el balcón
¿por qué dice balcón si tenemos ventanas?
me siento a su lado
en la cama llena de muñecos
recordándole todas las cosas que tiene
que es una persona única en el mundo
picándole la curiosidad para vivir
un poco más
vivir un poquito más
hasta que se le pase la crisis
hasta la cita con salud mental
hasta que suene la música

le digo que no se tire
que se haría daño
que se pondría todo perdido
que por favor no nos haga bajar a limpiar la calle
entonces sonríe
yo me quedo más tranquila
y me doy cuenta
de lo asustada que he estado.


(Óscar)
Mada Alderete (1959). Cuando, desde mi sensibilidad masculina, yo aún no sabía casi nada de esa parte sumergida del iceberg, su libro La casa de la llave fue mi rito de iniciación en la violencia contra las mujeres a través de la poesía. Con él brotó en mí una conciencia más profunda, tocó una cuerda en mi interior que desde entonces no ha dejado de resonar. Fue una voz que dio voz a otras que no la tenían, que estaban silenciadas por el miedo, el dolor y la rabia. Conozco a Mada desde hace años. Amiga admirada, cercana y sincera. Hacen falta muchas voces como ella, personas sensibles que sepan lo que es el dolor y se hayan atrevido a tender una mano abierta y llevar la palabra a mujeres maltratadas. Personas, por ejemplo, como Patricia. 


(Patricia)
A Mada yo aún no la conozco, pero es como si la sintiera ya parte de mi propia vida. Compartimos muchas cosas sin que lo sepamos ninguna de las dos. Ambas hemos colaborado en casas de acogida y nos ha movido la sensibilidad por las mujeres que han sufrido de un modo u otro el maltrato por razones de sexo. Recitar uno de sus poemas es tender un hilo a nuestras historias y acercar a los lectores y oyentes la realidad que nosotras hemos conocido y que denunciamos en esta búsqueda incesante por hacer un mundo mejor. Un mundo donde Madas, Óscars o Patricias no dejen de rebelarse contra las injusticias.