Las relaciones íntimas se construyen con paisajes y momentos. Una tarde en la playa, una comida en un restaurante bonito, un viaje relámpago a un sueño. Paisajes y momentos que se convierten en símbolos a los que volvemos continuamente para revivir aquello que nos hizo felices y que tejen aquello que llamamos complicidad. Nosotros somos cómplices en muchas cosas. Nos comunicamos sin hablar de formas que quizá ni siquiera seríamos capaces de definir. Formas misteriosas, como los infrasonidos de las ballenas, tan llenos de significado. Una de ellas es la poesía. Otra, las manos que se abren y se tienden. Y en este poema de Gamoneda encontramos las dos.
Existían tus manos. Un día el mundo se quedó en silencio; los árboles, arriba, eran hondos y majestuosos y nosotros sentíamos bajo nuestra piel el movimiento de la tierra. Tus manos fueron suaves en las mías y yo sentí la gravedad y la luz y que vivías en mi corazón. Todo era verdad bajo los árboles, todo era verdad. Yo comprendía todas las cosas como se comprende un fruto con la boca, una luz con los ojos.
Antonio Gamoneda (1931) fue al colegio poco y mal. Su infancia estuvo marcada por la guerra civil y la ausencia de su padre. Pasó la dictadura participando en la resistencia cultural al franquismo, desde su puesto de empleado de banca, y poco a poco se labró una condición de poeta de culto, presente y citado en numerosos espacios culturales pero siempre alejado de los focos (si es que los poetas reciben focos), introspectivo y silencioso como su poesía.
El viernes pasado Patricia y yo participamos en una obra de teatro llamada "Sur un fil". La directora, Nahikari Yubero, reunió a un grupo de nueve personas y les convenció para escribir textos propios que respondieran a la pregunta: ¿qué dirías si, por un momento, pudieras desprenderte de tu conciencia? Los nueve se dejaron convencer y terminaron en un escenario, muchos por primera vez, para representar sus intimidades sin máscaras mientras sonaba mi piano como acompañamiento para muchos de ellos. Y aquí tenéis el texto de Patricia con mi música, un homenaje poético a los libros, a lo que significan y la felicidad que aportan.
Las pilas de
libros en casa, aumentan y disminuyen su tamaño, cada mes, como pequeños
satélites que llenaran el hogar de luz. Libros que se desparraman traviesos por
cada rincón y habitación. Os aseguro hasta haber visto alguno en el
frigorífico. Hay libros que nacieron del deseo irremediable de conocer más a
alguien, protagonista de su historia. Otros, y esto es completamente cierto,
brotan como setas, las tardes frías de otoño.
Imaginad un
paraíso. En el mío siempre habría libros. Eso –o algo parecido- decía Borges.
De verdad, imaginadlo. Cerrad los ojos y aguzad otros sentidos. En ese paraíso
el libro los atrapa absolutamente todos. Con la nariz percibo cuántas vidas ha
tenido el libro, que es como decir cuánta gente lo ha leído. Con el tacto
siento la calidad y el esmero del trabajo de sus editores. Con el oído escucho
el hojear de sus páginas, lenta o rápidamente según sea de intenso el
contenido. Y saborear un libro… ¡No! ¡Eso solo metafóricamente!
Busqué una
vez el origen de esta pasión incontenible. Pensé que vendría de mí, de algún
acontecimiento vivido en la infancia: la librería de mis padres, las tardes
ensimismada leyendo, el préstamo voraz de libros en la biblioteca… Luego pensé
en la adolescencia y adultez: algún concurso de lectura, los estudios
universitarios, mi gusto por librerías y bibliotecas, el amor que llega de la
mano de un librero… Repaso uno a uno cada rincón de mi biografía. Y termino por
descubrir que mi pasión por los libros no nace en mí, sino en ellos.
¿Recuerdo acaso el primero de los libros que se
me abrió ante los ojos? Imposible. Del todo imposible. Pero sí, fueron ellos. Uno
detrás de otro me eligieron –como a tantos otros antes y después- y se
colocaron en mi vida para hacérmela más fácil, para entender más cosas, para
vivir más vidas y hacer más viajes.
Olas de
papel, escaleras de portadas que un día vuelan y otros se mantienen firmes para
dejarme escalarlas y llegar lo más alto posible, pero siempre con los pies en
tierra. Revoloteo de palabras, zumbidos de ideas, retazos de recuerdos.
Memorizar versos, contar historias, alimentar vidas y contener el aliento.
Esconderme del mundo horrible de miseria y pena tras las hojas que todo lo
curan. Eso son los libros. ¿Solo yo siento este amor por los libros? ¿Qué
pasaría si un día los libros cobraran aún más vida? ¿Qué pasaría si las
estrellas de vuestros ojos lograran leer más páginas por minuto? ¿Qué pasaría
si al despertar, el autor de nuestro libro se hubiera quedado en blanco y
nosotros sin vida por un día?
Patricia ama los libros. Vive entre ellos. Vive de ellos. En sus tardes en casa se pasea por las estanterías poniéndolos en listas de deseos, haciendo revolotear sus historias por su imaginación mientras las portadas le cuentan secretos. Con tantas atenciones los libros se sienten queridos y la buscan, se meten en sus bolsos y la acompañan al trabajo, a la compra, a la cocina e incluso al baño. Es una relación de amor correspondido. Fructífera y duradera. Y es inevitable que a veces les escriba cartas. Cartas de amor y de agradecimiento. Cartas con preguntas para intentar desvelar sus misterios. Cartas como esta que escribió sin parar, como escribe siempre, sin tachar, sin pensarse las frases, palabras y palabras que fluyeron de sus dedos, pasaron por su voz y se unieron a un piano juguetón para rendir un homenaje a los libros en un teatro del norte, en esta carta de amor.
Caprichos de la memoria. Vivimos felices, con nuestras rutinas cómodas y las múltiples alegrías diminutas que colorean nuestros días, y sin apenas darnos cuenta, de tanto dirigir la mirada hacia adelante, se nos va olvidando todo lo que no sea este presente y sus perspectivas inmediatas. Emily Dickinson nos propone hacer un alto y mirar en la cajita de los recuerdos. Ver qué contiene. Acariciar la memoria y demorarse en ciertos detalles. Parar el tiempo durante el ratito que dure el viaje al pasado. Y observarlo todo de lejos, desde la distancia del tiempo vivido y un presente que sabe mucho más de futuro que de pasados encerrados.
Mirar en la cajita de ébano, con devoción, cuando los años han pasado, sacudiendo el aterciopelado polvo que los veranos han posado.
Levantar una carta hacia la luz, oscurecida ahora, con el tiempo; repasar las palabras desvaídas que, como el vino, un día nos alegraron. Tal vez, encontrar entre sus cajoncillos la arrugada mejilla de una flor, recogida hace mucho, una mañana, por una galante mano desaparecida. Un rizo, quizás, de frentes que nuestra constancia olvidó; tal vez, un antiguo adorno de una moda que ya pasó. Y después, dejarlos reposar de nuevo, y olvidarnos de ellos, como si la cajita de ébano no fuera asunto nuestro.
Siempre que pensamos en Emily Dickinson (1830-1886) nos la imaginamos mirando por la ventana de su habitación, en su casa familiar de Amherst, Massachussetts, escribiendo tranquilamente un nuevo poema en su cabeza mientras pasa las horas observando la naturaleza. Vivió buena parte de su vida recluida en esa habitación, no se casó, no mantuvo amistades más que por correspondencia y sólo se publicaron ocho poemas suyos antes de su muerte. La naturaleza, la muerte y la trascendencia de lo cotidiano eran sus temas predilectos, y en torno a ellos escribió unos 1800 poemas enigmáticos y sencillos que la convirtieron, sin que ella llegara a enterarse, en una de las poetas norteamericanas más importantes de todos los tiempos.
Una vida que se anuncia en una partícula milimétrica. Puede ser el brote verde que devuelve la primavera a una planta acostumbrada al invierno o la esquinita de una sonrisa indiscreta cuando todos callan y bajan los ojos serios. Nosotros hemos sentido muchas vidas que se anuncian, que laten al ritmo de dos corazones y nacen diminutas y sin embargo inmensas, más grandes que cualquier palabra que intente definirlas. Nos gusta esta vida de Olga Novo porque no necesita ningún ángel infeliz que la anuncie, y es simplemente una "armonía humilde", el milímetro necesario que brota en ella para que la vida continúe.
A ti no vino a anunciarte ningún ángel de pan de oro no ni yo tenía la hermosura febril de una virgen ni fui atravesada por el lenguaje flamígero de un mandato divino ni descendió sobre mí la gracia como un canon de contratenores que podría reventarme como un cristal el alma si es que la tuviese... No. Yo solo entré con mis pequeños poros en la solemnidad del amor y agarrada a una raíz milenaria deseé que te enroscases a los injertos del placer y crecieses como una planta carnívora de mí.
No te anunciaron trompetas celestes no hablaron de ti los profetas porque su lengua habría de retroceder hasta alcanzar el paladar la primera vocal y ahí decirte a ti tan extraordinariamente humana tan grandiosamente pequeñita que todavía ningún idioma tiene palabra de tu tamaño. Excepto el pájaro que te vio en pleno vuelo cuando te concebimos y sabía que un milagro cotidiano se estaba produciendo en los conductos entre mi óvulo y su epiglotis. Ah y ahora que tengo dos corazones voy a saber por fin cómo late un campo de cultivo en primavera cuando toas las sustancias subterráneas ponen a funcionar a la poesía de verdad y sus ventrículos que no se ven el sistema circulatorio de la rima interna tan profunda como el corazón del tubérculo ahora que tengo dos corazones. A ti no vino a anunciarte ningún ángel de pan de oro no a ti no te anunció ningún ser inefable e infeliz que tirita al amanecer con las alas mojadas por la lluvia del limbo. A ti te anunció la armonía humilde de una gota de esperma entrando en el umbral mortal de la música uniéndose para siempre al silencio de un rastrillo que peina el heno de lo que ya no existe uniéndose para siempre a todo cuanto fuimos por amor a lo que éramos porque un milímetro de vida basta para saber que un milímetro de vida basta para que continúe la vida. A ti no vino a anunciarte ningún ángel de pan de oro.
"Anunciación" es un poema inédito publicado por vez primera en la antología de poesía escrita por mujeres, (Tras)lúcidas. Su autora, Olga Novo (Lugo, 1975), lleva décadas escribiendo poesía en gallego, una poesía visceral y llena de cuerpo, pero cuerpo de verdad. Sus títulos son reveladores: A teta sobre o sol (La teta sobre el sol); A cousa vermella (La cosa roja) o Los líquidos íntimos. Todos ellos recogen una poesía de temas claramente femeninos, podría decirse que "orgánicamente" femeninos. A nosotros nos ha gustado este poema por la forma hermosa y rítmica mediante la que los versos transmiten el mensaje. El mensaje de la vida sin cursilerías y exento de otros tópicos y lugares comunes que nos habrían hecho rechazarlo. Lo tomamos y lo hacemos nuestro este sábado de mayo donde la primavera no deja de parir vida a borbotones.
Patricia y yo esperamos muchas cosas. Por ejemplo, que la gente deje de agredirse por identidades inventadas, deje que estafar al Estado porque pueden permitírselo o se atreva a poner un rostro humano a aquel que llama refugiado. Para el siglo XXI esperamos muchas cosas. Tantas como esperaba Szymborska para el XX, o incluso más. Menos puños cerrados y más confianza. Más manos abiertas. Más generosidad. Y por supuesto, más literatura. Para preguntarnos cómo vivir y tener tantas respuestas ingenuas en la punta de la lengua que no sepamos por dónde empezar.
EL OCASO DEL SIGLO Nuestro siglo XX iba a ser mejor que los anteriores. Ya no podrá demostrarlo, tiene los años contados, titubeante el paso, fatigada la respiración. Ya han sucedido demasiadas cosas que no debían haber pasado y lo que tenía que pasar no pasó. Teníamos que avanzar, por ejemplo, hacia la primavera y la felicidad. El miedo tenía que dejar las montañas y los valles. La verdad tenía que llegar a la meta antes que la mentira. Ciertas desgracias no iban a suceder más: por ejemplo, la guerra y el hambre, y tantas otras. Se iba a valorar la indefensión de los indefensos, la confianza y ese tipo de cuestiones. Quien quería alegrarse del mundo se encuentra ahora ante una misión imposible. La estupidez no es graciosa. La sabiduría no es alegre. La esperanza ya no es, por desgracia, esa muchacha joven. Dios iba al fin a creer en un hombre bueno y fuerte, pero el bueno y el fuerte siguen siendo dos hombres diferentes. Cómo vivir, me preguntó en una carta alguien a quien yo pensaba formular la misma pregunta. Una vez más y como siempre, según lo dicho anteriormente, no hay preguntas más urgentes que las preguntas ingenuas.
Wislawa Szymborska (1923-2012) vivió buena parte del siglo XX. Esperó muchas cosas de su siglo, y vio pocas realizadas. Con una mirada despierta y curiosa buscó lo excepcional en lo cotidiano, sin eludir la ligereza y la broma, a pesar de la crueldad y las sombras de su Polonia sovietizada. En las fotos aparece casi siempre sonriente, con el gesto travieso y plácido de quien ha encontrado una forma de serenidad a fuerza de luchar calladamente contra el dolor de un mundo terrible. Y así son sus poemas, perspicaces y tranquilos, amargos a veces pero sin oscuridad, como un laberinto con la puerta abierta.
Hay caricias, miradas, gestos que duran apenas un segundo y que, a pesar de su brevedad (o quizá gracias a ella), se quedan flotando mucho tiempo en la memoria. Construyéndose. Multiplicándose. Este poema breve nos ha dejado así, con su fogonazo y su eco, y una sonrisa entre las manos abiertas que nos habla de paz.
A no ser en tus manos, donde mejor me encuentro es en el mar, allí empiezo a leer hojas a los peces -en el bosque leo peces a las hojas-, en las hojas del nogal he aprendido. En los ojos de los hombres nada veo, a veces les cuelga una lista de muertos de las sucias pestañas.
Por eso retorno a tus manos, que siempre me ofrecen un mendrugo de paz.
Gloria Fuertes (1917-1998) es una poeta irónica y sencilla, amante de lo breve y lo cotidiano, de los juegos de palabras y de los caminos que llevan directos a la emoción que quiere despertar. Es una maestra de la literatura infantil (a menudo su nombre es el primero que les viene a la cabeza a los niños cuando piensan en mujeres poetas) y dedicó buena parte de su vida a bajar la poesía de sus pedestales y sus elitistas metáforas para llevarla adonde la gente pudiera entenderla y tocarla, reírla y hacerla suya. Nosotros nos sentimos a gusto entre sus poemas. Son manos abiertas y hospitalarias. Como lo era ella.
Nosotros, al contrario de lo que dice el poema de este sábado, sí podemos elegir. Es verdad que esa imposibilidad de elección de la que nos habla la voz poética no tiene que ver con la falta de habilidad o la prohibición de elegir, sino más bien con la dificultad para quedarse con algo. El eterno dilema que a algunos les instala en un lugar de indecisiones e incertidumbres.
Este sábado, nosotros hemos elegido un poema que nos resultaba alegre y ligero -a pesar del tema de la libertad y la elección-, un poema que huele a hierba fresca y a olas que chocan contra acantilados del norte. Un poema primaveral. Este sábado hemos elegido el poema de Kirmen Uribe, que también es novelista. Escritor plural. Escritor cuya poesía viene a nuestro encuentro para mitigar un poco los extremos y la intensidad del sábado pasado.
Vivo feliz en la línea que las une.
En esa cinta negra que mueve el viento.
En este largo cabello de un gigante desorientado.
Del Mar me gusta sobre todo su corazón de niño grande.
A veces rabioso, a veces capaz de dibujar
paisajes imposibles.
De la Tierra, sus manos.
No puedo elegir
entre el Mar y la Tierra.
Sé que mi lugar es un hilo fino,
pero en el Mar me perdería
y en la Tierra me ahogo.
No puedo elegir. Me quedo aquí.
Entre olas verdes y montañas azules.
Kirmen Uribe (1970) es un poeta y novelista vasco que escribe en euskera. Ocurre con su poesía y su prosa, a la que nosotros solo podemos acceder traducida en castellano, que nos gustaría sentirla en su lengua original. Sería precioso perderse en la sonoridad de los fonemas vascos que a veces golpean como las olas de ese Mar con corazón de niño grande. No podemos despegarnos del norte. También nosotros hemos acabado instalándonos en ese hilo fino que separa el Mar de la Tierra. Este poema pertenece a su poemario Mientras tanto cógeme la mano.